
Antes de ponerme a leer este libro me entró el miedo y casi me arrepiento y no lo leo, ¿y si me aburre? Me preguntaba. Claro, he leído tantas veces sobre Solaris en libros, revistas, fanzines o páginas web y por supuesto a través de la adaptación al cine de Tarkovski, que ya me sabía casi todos los entresijos de la historia. Descartado el factor sorpresa quedaba comprobar si, como promete la sobrecubierta de la edición de Minotauro, Stanislav Lem y Jorge Luis Borges tienen algo que ver. En principio dejo la solución a esta incógnita en suspenso hasta que lea algo más de Lem, ya que de momento me parece un recambio de segunda mano del escritor argentino y comprenderán que hacer un juicio de este tipo con una sola obra leída es un poco injusto.
La parte que más me gusta sigue siendo, como en la peli, la zona media, en la que nuestro protagonista se ‘enfrenta’ a una especie de fantasma, o de proyección material de su sentimiento de culpa. Vamos, que se encuentra en la semiabandonada nave espacial de Solaris con su exmujer, suicidada hace unos años tras abandonarla él sin ningún miramiento. Lo que sigue es una exploración de la conciencia de la existencia que puede recordar un poco a los androides de Philip K. Dick, sobre todo en cuanto Harey, el 'fantasma' de la exmujer del protagonista, toma conciencia de su condición de fantasma y actúa con desconcertante obstinación para repetir el final de su original.
Destacar también toda la bibliografía inventada por Lem sobre el solarismo, la ciencia que investiga las peculiaridades de este planeta, recurso formal que a mí me parece muy borgiano y que, formalmente, funciona a las mil maravillas para relatar lo que necesitamos saber sobre la historia del planeta para comprender la historia que se nos está contando, es decir, que el recurso está plenamente justificado.
No sé, sin embargo, si Stanislav Lem es un autor que me gusta, voy a ver si leo algo más de él. Solaris, aunque me parece un buen libro, no me dejó del todo satisfecho, en ocasiones tuve la sensación de que era un relato corto estirado, y el comienzo y la excusa argumental son lo suficientemente potentes como para que casi cualquier final decepcione. De todos modos léanlo si les gusta Borges y desde luego no se lo pierdan si lo suyo es la ciencia ficción.
lunes, 26 de diciembre de 2005
Solaris, Stanislav Lem
jueves, 22 de diciembre de 2005
El Señor Jean 2: Noches en vela, Dupuy y Berberian
No sé cómo hacer justicia a una serie de comics tan estupenda como ésta del Señor Jean, creada por los –muy- franceses Dupuy y Berberian, y eso que sólo he leído las dos primeras entregas. Supongo que tiene lo que encuentro en muy poquitos personajes de ficción: uno en el que poder proyectar tanto mi yo real como esa versión de mi mismo que a mí me gustaría ser.
El Señor Jean es escritor, le pasan cosas triviales pero divertidas, tiene una colección de vinilos envidiable y vive en París, ahí es donde le envidio. Es una proeza que un lector pueda empatizar con un personaje así. Yo, por ejemplo, no puedo evitar pasármelo en grande viendo cómo Jean sufre de insomnio (mis muy fieles ojeras delatan el mío), o que sus gustos literarios y musicales sean tan similares a los míos. En fin, que a uno le queda una sonrisa de satisfacción al pasearse por unas páginas que además son un delirio colorista pero bien hecho. Para que os hagáis una idea, si se adaptase al cine el director tendría que ser Jean-Pierre Jeunet, aunque, cuidado, el señor Jean es mucho más pesimista y angustias que Amelie Poulain. Yo de actor propongo a Matthieu Kassovitz.
De las historias que se pueden leer en este segundo volumen, me ha encantado ‘El viaje a Lisboa’, visita a la capital portuguesa para presentar su libro, justo antes de entrar en la treintena con una crisis como todo el mundo, y llena de referencias a Pessoa. Tambíen me gustó mucho ‘El señor negativo’, en la que al Sr Jean le acompaña una proyección negativa de sí mismo para deprimir todavía más a nuestro pobre francesito. En definitiva, todas las historias tienen su gracia, que es la de conseguir atrapar en unas viñetas un trocito de buena vida insatisfecha, eliminando cualquier sombra de gravedad que los argumentos puedan sugerir cerrando cada historia con un apunte divertido, generalmente una vuelta de tuerca final a la historia.
Formalmente, este segundo volumen es mucho más ambicioso, destacando el sueño con Billie Holiday y la forma en que vemos cómo al señor Jean se le indigesta una pizza cuatro estaciones. Después de leer Noches en vela, lo que a uno le apetecería es llamar a este Jean para tomar un café e ir al cine a ver Match Point.
Una última mención para la magnífica galería de secundarios, caracterizados siempre con una mezcla de mala leche y cariño, y que funcionan muchas veces como instigadores de las mínimas peripecias del protagonista, gracias a las que cada vez le conocemos mejor. Eso sí, echo de menos a la portera del primer tomo, con el juego que daba y lo que se parecía a mí vecina del primero, física y psicológicamente.
viernes, 16 de diciembre de 2005
Sábado, Ian McEwan

Después de leer tres novelas de Ian McEwan (Amsterda, que no me gustó, Expiación, que me gustó mucho y esta) todavía no se decir si me gusta este escritor o no. El mayor problema, quizás prejuicio, que tengo con este inglés es que sea tan tan pedantemente upper-middle class. Su forma de escribir me resulta tan fría, tan correcta, que no me extraña que el protagonista de esta Sábado sea un neurocirujano. Por cierto que sus protas tienen siempre este tipo de profesiones. Sábado es una especie de Señora Dalloway en masculino, así que tenemos un narrador pegado a los pensamientos de todo tipo del protagonista a lo largo de un día. Eso sí, la narración tiene la particularidad de centrarse en un día muy especial, aquel sábado de las manifestaciones masivas contra la guerra de Irak, a las que por cierto el protagonista de esta novela no asiste. En cambio, vemos todo lo que hace desde que se despierta temprano en la madrugada de ese sábado y contempla desde la ventana un avión con un motor en llamas que podría ser un atentado terrorista o no, hasta que se acuesta después de una jornada en la que habrá tiempo para visitas rutinarias, un encontronazo con unos tipos duros y, sobre todo, una cena de reconciliación entre el suegro del protagonista y su hija, que es el acontecimiento central de la jornada.
Lo que más me gustó de la novela fue que a través de los pensamientos de Henry Perowne –que así se llama el prota- seamos capaces de construirnos su vida y la de su familia, su mujer, su hija poetisa y su hijo guitarrista de blues. Las partes más interesantes del libro son aquellas en las que se va haciendo un repaso al estado de sus relaciones familiares. En cambio, lo que menos me gustó fue la coartada histórica, esa necesidad que parece tener el escritor de dejar constancia de unos hechos frente a los cuales sin embargo evita posicionarse, aunque paradójicamente se le ve el plumero a favor de la guerra. La novela funcionaría perfectamente bien, incluso mejor, sin esas partes. Pero lo mejor de todo es una escena inesperada, que cambia totalmente la rutina del sábado, que tiene su origen en el encontronazo con los mafiosos, quienes después irrumpirán en la cena de reconciliación para darnos a los lectores la escena más brillante de Ian McEwan, un poco en la onda Hanekiana, pero sin llegar a los extremos violentos de este.
De hecho mira por donde que la analogía con Michael Haneke es muy acertada, los dos observan fríamente a la clase media europea y los dos ponen a sus personajes en situaciones de violencia que no pueden controlar, pero lo hace mucho mejor Haneke, no solo porque formalmente me parece más brillante, sino porque Haneke carece de la complicidad que en mi opinión McEwan si tiene con sus personajes. Dicho de otra manera, aunque a los dos se les ve la mano cuando trastocan la estabilidad de sus personajes, Haneke se salva porque siempre está hablando de paso sobre la posición del espectador frente a lo que ve, siempre te hace preguntarte cómo reaccionar ante lo que ves. Con el inglés, en cambio, te queda una amarga sensación de impotencia, de que todo queda en manos del dictador McEwan, y esto se ve sobre todo en las decepcionantes por caprichosas treinta páginas finales.
Conque es una novela que me ha producido lo que se dice sensaciones encontradas, pues bien, prefiero eso a aburrirme, y en el fondo mis reticencias a esta novela se basan únicamente en que mi forma de ver el mundo a través del arte difiere bastante de la de Ian McEwan, lo que no impide que sea una lectura más que entretenida y que haga que finalmente me anime a leer más cosas de él. Aunque sin prisa, tengo que llegar a entender a este escritor.
martes, 13 de diciembre de 2005
El NME puesto en duda.
Como decía ayer, hoy voy a hablar de la polémica en torno a la lista de los mejores discos de la revista británica New Musical Express. Parece ser que, antes de que se publicase el número con la lista impresa, se filtró la que parecía ser la lista del NME, en la que The Arcade Fire aparecían como número uno. La sorpresa fue que, al final, en la revista aparecía como número uno Bloc Party. Yo pensé que lo que ocurrió fue que la lista anterior era falsa, pero creo que he cambiado de opinión por lo siguiente, el blog Londonist, comentó con un tono acusatorio que la lista había sido maquillada para ajustarla a la línea editorial (es decir, para caer mejor entre su ‘cuota de mercado’), lo que provocó como reacción que el NME obligase a dicho blog a retirar la entrada en la que se decía tal cosa, los representantes del NME se han defendido diciendo que esa lista era provisional, luego digo yo que aceptan que hubo maquillaje.
A mi me parece que esto ocurre en todas las revistas. Sin ir más lejos, yo siempre he creído firmemente que las listas del rockdelux están ferozmente maquilladas, lo siento pero no me creo que determinados discos no aparezcan en sus listas si no es porque se les ‘retira’ de la lista a posteriori. Tengo que decir que no me importa y que incluso me parece bien, una revista, al fin y al cabo, tiene que tener una línea homogénea y esto se ve sobre todo en las dichosas listas, y a mi me gusta saber, por ejemplo, que el NME favorecerá a determinado tipo de rock ‘británico’ porque si algún día me apetece escuchar este tipo de música pues recurro a esta lista. Ahora bien, lo que me preocupa es el poder del semanario británico para hacer eliminar del hiperespacio un blog.
En fin, que así están las cosas, tampoco hay que tomarselo tan en serio, al fin y al cabo todos sabíamos que el número uno de esa revista estaba entre los citados Arcade Fire, Bloc Party o Kaiser Chiefs.
jueves, 8 de diciembre de 2005
Relato Soñado, Arthur Schnitzler
Regreso a la actividad blogil tras el resacón que me dejó el festival de cine y los montones de informes y exámenes que tuve que redactar la pasada semana, ahora toca estar de vacaciones no pagadas –cosas de ser becario- y emplear el tiempo en cosas útiles, por ejemplo, leer:
Relato soñado, Arthur Schnitzler. Llevaba bastante tiempo queriendo leer algo de este austriaco y, como Kubrickiano que soy, no podía empezar por otra parte. Hay que decir que a esta novela corta o relato largo le hace en cierto modo un poco de mal que le haya adaptado un director con tanta potencia visual como Kubrick, ya que leyéndolo es dificil quitarse de la cabeza las imágenes de Eyes Wide Shut, lo que le quita cierta frescura y sobre todo la sorpresa de los vericuetos por los que avanza esta historia, la misma que la de la película, adaptada con fidelidad por el neoyorquino. La verdad es que tengo que leer algo más de este señor, porque a juzgar por las poco más de cien páginas de este relato soñado aquí hay un escritor con una imaginación portentosa y ocasionales momentos líricos de gran valor, como por ejemplo el sueño de la protagonista, mucho más largo e interesante en la novela que en la película. Como a mi los carnavales me dan bastante mal rollo, sobre todo si tiene lugar en una ciudad de Italia o más al este, todo el asunto de las máscaras y la escena central consiguen crear mucho suspense, en una novela en la que las consecuencias reales de los sueños de la protagonista femenina se confunden con la irrealidad y el mundo de suposiciones en el que vive su marido y eje central de esta narración vaporosa, ligera pero profundamente extraña. Magnífico el modo en el que la plácida existencia burguesa es dinamitada por unas miradas, unos deseos confesados con inocencia y poco más. Schnitzler sitúa a sus personajes en situaciones y contextos diferentes a los habituales para ellos para, de este modo, examinar como un científico su comportamiento en un ambiente extraño. Un autor a descubrir, creo que están publicadas en español sus memorias y que La Ronda también mola. Hay que leer a Schnitzler, amigos.
sábado, 3 de diciembre de 2005
Festival de cine de Gijón, palmarés.

Ultranova, la película belga del director Bouli Lanners se ha llevado el premio a la mejor película y el premio de la crítica internacional. Un justo reconocimiento a la que hasta ahora era la película más infravalorada de esta edición del certamen gijonés. El doble premio, la unanimidad entre los dos jurados ha servido además para que su decisión se apoye en la del otro ante una reacción mayoritariamente fría ante esta decisión. Afortunadamente, ya he explicado aquí por qué me gustó esta película, quizás la que más me entusiasmó de cuantas vi en la sección oficial.
Es incomprensible esa reacción negativa ante una película como ésta, que ilustra a la perfección la alienación de una generación que tiene entre 25 y 30 años en estos momentos, inmunizada ante la posibilidad de establecer relaciones de dependencia emocional con cualquier tipo de persona, ya sea esta un amigo, un familiar o una chica que podría ser novia pero no lo es. Personajes que se mueven en un entorno urbano de feos edificios de pisos hostil, con un trabajo ante el que no pueden sentir ningún tipo de compromiso, pero que no renuncian a buscar la sensualidad, ya sea echándose sobre un campo de hierba, o simplemente mirando a través de la ventana de un coche.
Precisamente abundan las secuencias de personajes dentro de coches, metáfora de la membrana que separa a estos personajes de una realidad vista a través de los ojos del director con un lirismo extraño, incómodo, subrayado magistralmente por la banda sonora de corte minimalista de Jarby McCoy. Si tan siquiera los críticos que tan mal han hablado algo de esta película supiesen algo de la música minimalista sabrían ver que es un recurso más para destacar el ritmo vital reducido a sus mínimos tolerables de unos personajes más frecuentes en nuestra sociedad de lo que parece a simple vista. Otra cosa es que se prefiera pasar por encima de ellos, al fin y al cabo los personajes de Lanners no pasan hambre ni viven al borde de la miseria, por lo que igual no despierta las anisas humanitarias de los hipócritas defensores de un modelo único de cine social. O quizás es que sus vidas son lo mucho más emocionantes que la mía y por tanto son incapaces de emocionarse ante la frustración que los pequeños obstáculos suponen para los personajes de esta película.
Por lo demás, el jurado cubrió de premios a la candidata canadiense a los Oscar: C.R.A.Z.Y., sin lugar a dudas la película más acomodada de la sección oficial, la que se acerca más peligrosamente al modelo de Hollywood en contra del que tantos defensores de esta peli se posicionan cínicamente. Se llevó los premios al mejor director, mejor guión, dirección artística del jurado oficial, y mejor película del jurado joven, lo que llevó a algún que otro crítico a decir que es una contradicción que una película con tantos premios no se lleve el premio gordo. A esta gente, les recordaría que el palmarés de un festival no funciona como los Oscar, donde de lo que se trata es de engordar el reconocimiento de una película con el mayor número de premios posible, en un festival se supone que con un solo premio ya está reconocido el valor de una película, por lo que estos cuatro premios son a todas luces excesivos. C.R.A.Z.Y. es una película que pone las cosas muy fáciles al espectador, en la que se sustituye la ambición artística por el diseño de producción fastuoso y la banda sonora de cinco estrellas, sin mayor carga crítica hacia la época que retrata que el Cuéntame, como bien decían en Días de Cine, la película de Jean-Marc Vallée no da la talla ante ninguna de sus compañeras de palmarés.
Ya menos controvertidos o discutidos fueron el resto de los premios: mejor actor para Mark O’Halloran y Tom Murphy por Adam y Paul, quienes componen un acertado dúo cómico a la manera del cine mudo y con gotitas de Samuel Becquet. Mejor actriz para Tilda Swinton por Thumbsucker y premio especial del jurado ex aequo para la iraní Iron Island de Mohammad Rasoolof y la austriaca Workingman’s Death de Michael Glawogger, película esta última que rozó el premio del público y es sin lugar a dudas una de las mejores.
Se pone así punto y final a una edición de este festival magnífica, con la mejor sección oficial que yo recuerde y que debería elevar el interés general de un festival entre ciertos medios (los grandes periódicos, por ejemplo) que han ninguneado vergonzosamente al único certamen en el que se intenta ver buen cine y no estrellas enjoyadas. Felicidades, Cienfuegos, Fran Gayo y compañía. También agradezco las agradables horas pasadas entre salas de cine, calles, colas y cafeterías con Héctor, Harry, Rebeca e Isabel.
PD: Ayer vi Cache (Escondido) de Michael Haneke, que confirma su posición como rey del cine contemporáneo. Pero ya hablaré de ella cuando se estrene en España.
viernes, 2 de diciembre de 2005
Festival de cine de Gijón, 6ª parte
Pues ya se ha dado carpetazo a la sección oficial con las dos películas que paso a comentar a continuación. Durante el día de hoy se anunciarán las películas ganadoras, y todavía hay proyecciones previstas para el día de hoy, entre ellas la esperadísima Cache de Michael Haneke, para la que, afortunadamente, ya tengo la entrada en mis manos, tenía un poco de miedo a quedarme sin ella tras perderme ayer por la noche por ese motivo el Punk Attitude de Don Letts, la única película de este festival que me perdí por no ser madrugador a la hora de coger las entradas. Sigue haciendo frío y cada vez cuesta más mantener la atención durante las sesiones, pero ya empieza a asomar por mi mente la tristeza ante el final de una semana más que chanante.
C.R.A.Z.Y., Dir. Jean-Marc Vallée. Una de las películas mejor recibidas por la crítica, a juzgar por los aplausos al final del pase de prensa, fue esta película del Canadá francófono –es decir, de Québec- que fácilmente podrá aparecer entre los candidatos finales al Oscar en categoría en lengua inglesa. El argumento de la película, sin embargo, no es para nada original: el despertar a la homosexualidad del personaje masculino principal, empezando por los 70 con referencias a Bowie y alargando la narración hasta llegar al punk y más allá, a los 80. Dicho así, podría ser tranquilamente el resumen de la excelente novela de Hanif Kureishi El buda de los suburbios y, en mi opinión, no la supera. Sin ser, ni mucho menos, una mala película, no pude quitarme de encima la comparación con la novela del escritor inglés, y comprobar que los personajes de esta película están mucho más descuidados, sobre todo los secundarios, en ocasiones retratados en un solo trazo. 
También descansa en excesivo en el factor cómplice y nostálgico del espectador, con múltiples referencias a Bowie, Patsy Cline, Aznavour, Rolling Stones, Pink Floyd, etc. Y el problema no es que haga eso, el problema es que si en la novela de Kureishi todos los elementos nostálgicos estaban al servicio de la historia, o de los personajes, aquí me dio la sensación de que era más que nada ganarse al espectador por la vía fácil, chantajeándolo. El último problema es que quizás sea demasiado larga, con media hora menos hubiese sido más exuberante y más redonda, tal y como está, el interés varía dependiendo de la canción que suene. 
Por otra parte, me gustaron mucho las interpretaciones del protagonista y sus padres, todos con rostros muy acertados para sus personajes, y con unos registros suficientemente amplios para los únicos personajes complejos en la película. También me llamó la atención cómo a pesar de que la historia tiene lugar en Québec, todas las referencias culturales son del mundo anglosajón, hasta tal punto que en ocasiones resulta extraño oír a los personajes hablar en francés. Así, da la sensación de que Québec no tenía nada de cultura autóctona por aquel entonces. Y, ya puestos, reconozco que caí rendido ante la banda sonora, de Patsy Cline a Giorgio Moroder, ***
Workingman’s Death, Dir. Michael Glawogger. Documental, podría decirse que radical, del director austriaco Michael Glawogger, dividido en cinco secciones y un epílogo, ilustra –que no narra, no hay ninguna voz en off y ninguno de los capítulos sigue a un personaje en particular- cinco escenarios diferentes en los que las condiciones de trabajo son especialmente malas en este siglo XXI. A saber: unas minas de carbón abandonadas en Ukrania explotadas sin ningún tipo de seguridad por los habitantes de la zona, ante la imposibilidad de encontrar otro trabajo, unos recolectores de sulfuro en las faldas de un volcán en Indonesia, un matadero de ganado al aire libre en Nigeria, un chatarrero gigante para barcos abandonados en Pakistán en donde los desguazan cortándolos en grandes trozos de metal, que producen un impacto visual y sonoro similar al del derrumbamiento de un edificio y una acería en China, en pleno proceso de reconversión industrial. La película deja clara sus intenciones al comienzo del film, con imágenes de archivo del movimiento estajanovista, rechazado por los trabajadores del primer capítulo aduciendo que el único entusiasmo que ponen en su trabajo es por seguir vivos. En efecto, todos los empleos que vemos aquí implican un peligro de muerte constante, que Glawogger ilustra con tanto detalle como para ponerse en peligro el mismo, metiéndose en las agobiantes minas de medio metro de altura o filmando la caída de un enorme trozo de barco desde el borde mismo. El impacto visual es mayúsculo, gracias en gran medida a un trabajo de fotografía impecable, que resalta determinados colores para cada capítulo: el blanco de la nieve y el negro del carbón en la primera historia, el amarillo del sulfuro en la segunda, el rojo de la sangre en la tercera, etc. 
Además, todos los planos están cuidadosamente diseñados, hasta el punto de que, como en Chain, parece que estamos ante una exposición fotográfica. Glawogger intenta no imponer una visión mediante una voz en off, como hace el omnipresente Michael Moore, por ejemplo, los diálogos son mínimos, y el mensaje se transmite a la perfección a través de la fuerza de las imágenes. Un documental incómodo de ver, a pesar de la fascinación de su ‘puesta en escena’, que revela que el movimiento obrero si que sirvió, al menos en occidente, para hacer desaparecer estas condiciones de trabajo que, sin embargo, todavía abundan en el resto del mundo. Añadir, además, que el documental cuenta con una magnífica banda sonora de John Zorn, que adopta un rostro diferente para cada uno de los capítulos.
La película termina con un desconcertante epílogo: una acería de Alemania convertida en parque de ocio, como si fuese una cosa del pasado, cuando, como acabamos de ver, eso no es así. Muy buenos los guiños a las teorías del montaje de Sergei Eisenstein al comienzo y al final del film, sobre todo cuando filma las estatuas. Como a C.R.A.Z.Y., sin embargo, le sobran unos veinte minutos. La película fue recibida con respetuosos aplausos. Una de las mejores películas políticas que he visto últimamente.****
Dicho esto, espero que alguno de los tres premios a la mejor película recaiga en esta Workingman’s Death, Ultranova o Be With Me. En cuanto a The Great Ecstasy of Robert Carmichael, he estado leyendo entrevistas con él y la verdad es que su discurso es bastante simplista, lo que resta bastantes puntos a su peculiar película -cuyos aciertos parecen residir ahora mismo más en una excelente labor de fotografía que en su ramplón guión- en cuyo pase de cara al público hubo desmayos, según me contaron ayer. Ya veremos qué pasa. Mañana comento las dos pelis que veré hoy, y también pondré el palmarés y mi lista particular con las diez mejores películas vistas aquí.